Iris Murdoch (1990)
Si esta cita te resulta incómoda, lo entiendo. A mí también. Mucho antes de que se formulara así, el arte occidental ya llevaba siglos representando esa misma tensión sin nombrarla directamente. No a través de mujeres reales, sino de figuras que no pertenecen del todo ni al mundo humano ni al divino.
Entra y sigue el recorrido. Porque, aunque parecen escenas mitológicas, esconden algo bastante más cercano y revelador.
Cuando el arte quiere hablar del deseo, casi nunca utiliza a personas reales. Se sirve de seres sobre los que no hay grandes relatos. No han fundado ciudades ni protagonizado epopeyas. Y, sin embargo, llevan siglos apareciendo una y otra vez en la historia del arte.
Siempre están en los márgenes. Aparecen en las escenas donde algo está a punto de suceder. Y esto no es casualidad.
Me refiero a los sátiros, los faunos y las ninfas. No constituyen un grupo coherente ni responden a un único mito. Tampoco cumplen una función narrativa clara. Unas veces irrumpen en la escena. Otras veces observan. A veces persiguen. En otras ocasiones, simplemente esperan.
Pero, cuando aparecen, la escena cambia.
El problema es que tendemos a mirarlos como si fueran lo mismo. Como si todos pertenecieran al mismo tipo de historia. Y no es así.
Entre ellos hay una diferencia fundamental. No tiene que ver con la forma ni con la mitología, sino con algo más difícil de representar: qué sucede cuando el deseo deja de comportarse como debería.
Para verlo con claridad hay que empezar por los sátiros.
Sátiros
(Si apre in una nuova finestra)Los sátiros no aparecen cuando todo está en orden, sino cuando algo empieza a fallar.
En esta pintura de Peter Paul Rubens (1577-1640) nadie huye ni se defiende, pero la escena resulta incómoda. Puedes observar dos sátiros demasiado cerca. Todavía no han hecho nada, pero no hace falta. La tensión no se encuentra en la acción, sino en lo que podría ocurrir en cualquier momento.
Ves sus rostros enrojecidos, su gesto, sus orejas y sus cuernos de animal. No son solo criaturas mitológicas. Son la forma de mostrarte algo que el arte no suele mostrar directamente.
No se trata del deseo como elección. Es el deseo cuando no se controla.
Por eso, en la mitología griega, acompañaban al dios Dionisio. No eran figuras decorativas, sino la consecuencia. Donde hay vino, teatro o celebración, también hay algo que desborda las normas.
Aquí Rubens no los pinta en plena acción, como en esta otra obra, persiguiendo ninfas o mujeres (Si apre in una nuova finestra). Los detiene antes. Te los acerca. Los deja en suspenso. Quiere que veas ese momento en el que todavía no ha pasado nada… pero ya no es posible dar marcha atrás.
Y entonces surge la pregunta: si esto es el deseo sin control, ¿qué ocurre cuando parece que sí lo hay?